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II. CORRUPCION
Y SOCIEDAD EN HONDURAS
Víctor Meza
"La
corrupción es el principal desafío que enfrenta el país.
Es el obstáculo más serio para el desarrollo del sector
privado, según los empresarios, y el tercer problema más
serio, después del crimen y el alto costo de la vida, según
los ciudadanos. Los hondureños perciben que la corrupción
es generalizada; uno de cada cinco hondureños ha sido víctima
de la corrupción" Así dice el primer párrafo
de las "Conclusiones del Diagnóstico" contenidas en el
documento que resume la Estrategia Nacional Anticorrupción del
gobierno de Honduras.
En efecto,
la corrupción se ha convertido ya en un problema de tal magnitud
e importancia que no es posible subestimarlo ni, mucho menos, ignorarlo.
Su ampliación creciente, su gradual masificación y su innegable
capacidad para reproducirse y diversificarse a través de todo el
tejido social e institucional del país, le conceden una capacidad
desintegradora muy grande y la convierten en un factor clave para explicar
y entender la crisis por la que atraviesa Honduras.
En los últimos
años, sobre todo durante el proceso de transición política
desde el autoritarismo de los regímenes militares hacia un sistema
político democrático y plural, la corrupción se ha
hecho cada vez más visible y manifiesta. Es como si la visibilidad
de la corrupción se hiciera más notoria y vigente, a medida
que la sociedad se abre cada vez más hacia una convivencia democrática
y tolerante. Y por ello, no es casual que algunos analistas y estudiosos
del tema concluyan fácilmente que hay un vínculo estrecho
entre la transición hacia la democracia y el crecimiento de la
corrupción, su desarrollo e institucionalización. O sea
que la democracia y la corrupción, de acuerdo a esa visión
crítica, marcharían juntas y se desarrollarían en
forma paralela, estimulándose mutuamente y generando, cada una
por su lado, condiciones oportunas para su propia ampliación y
reproducción.
Esa es una
conclusión que, además de falsa, puede resultar dañina
y peligrosa. La corrupción no es inherente a la democracia ni la
democracia es el mejor caldo de cultivo para la corrupción. Lo
que pasa es que la democracia, a diferencia de los sistemas autoritarios
o totalitarios de gobierno, crea las condiciones más apropiadas
para sacar a flote la corrupción, facilita el espíritu de
denuncia entre la población y genera la búsqueda de la transparencia
y la rendición de cuentas en la gestión pública.
En otras palabras, la democracia, al ampliar y vitalizar los espacios
de la política, hace más visible la corrupción y,
por lo mismo, contribuye a dimensionar su significado y consecuencias.
La corrupción
en Honduras no es un fenómeno nuevo ni es, claro está, un
problema exclusivo de nuestro tiempo. Surgió y se desarrolló
a través de la historia, tiene antecedentes definidos y causas
de origen claramente establecidas. A lo largo de su crecimiento y consolidación,
la corrupción ha evolucionado a través de diversas fases
y etapas que han condicionado directamente su contenido, sus alcances
y la magnitud de su impacto al interior de la sociedad.
En la historia
reciente de nuestro país, la corrupción ha atravesado al
menos por las siguientes fases o periodos: 1) los regímenes militares;
2) la transición política hacia la democracia y el Estado
de derecho, y 3) la sociedad hondureña post Mitch.
Conservando
siempre su naturaleza negativa y dañina, la corrupción ha
mostrado rasgos y características distintas en las diferentes fases
de su crecimiento y desarrollo, en atención a los niveles de impunidad,
al secreto y misterio que la rodea, a las demandas de transparencia que
crecen entre la ciudadanía o al clima - ora permisivo, ora intolerante
- que la sociedad genera en torno de la misma.
A. LA CORRUPCIóN
EN LOS REGíMENES MILITARES
En el largo
periodo que va desde el golpe de Estado del 03 de octubre de 1963 hasta
el año 1980, cuando da inicio el proceso de transición política
hacia la democracia, la sociedad hondureña vivió casi ininterrumpidamente
bajo el control absoluto de los regímenes militares. Con la brevísima
excepción del interregno político que significó el
gobierno de Ramón Ernesto Cruz (junio de 1971 a diciembre de 1972,
apenas 18 meses), las Fuerzas Armadas rigieron los destinos del país,
impregnando con su estilo y autoritarismo todas las instancias de la vida
pública, la institucionalidad y la cultura política de Honduras.
Los espacios
para la crítica eran muy reducidos y las posibilidades para la
denuncia pública tenían los límites que imponía
el voluntarismo castrense. En tales condiciones, la corrupción
oficial podía fluir más libremente y sin cortapisas, sin
los obstáculos de la vigilancia colectiva ni la incomodidad de
la rendición de cuentas. La impunidad que rodeaba los actos ilegales
de los gobernantes militares y sus colaboradores civiles, funcionaba como
una garantía de primer orden que aseguraba y afianzaba las estructuras,
el sistema y los estilos de la corrupción gubernamental.
La debilidad
o ausencia de los mecanismos contralores sobre la administración
pública, sumadas a la amplísima discrecionalidad de los
jefes militares en el manejo de los recursos públicos, favorecían
el desarrollo de la corrupción y facilitaban su proliferación
e impunidad. Pero, en ese entonces, la corrupción todavía
no había alcanzado los niveles y el impacto que exhibe en la actualidad.
Era una corrupción más bien de carácter artesanal,
originada en los espacios de la autonomía castrense que rodeaban
a los jefes militares en sus respectivas jurisdicciones políticas.
Se trataba, por así decirlo, de una corrupción más
individualizada que institucional, más ocasional que sistémica.
El contrabando,
la venta de influencias, las comisiones en las compras y contrataciones
del Estado, el cohecho o la oportuna gratificación bajo la mesa,
el subsidio político cuidadosamente calculado, el despilfarro y
la generosidad espléndida, amparados en la discrecionalidad ilímite
de tal o cual jefe castrense, eran las formas más habituales y
recurrentes que adquiría la corrupción oficial en aquéllos
no tan lejanos tiempos.
La denuncia
de tales hechos, aunque se producía en forma ocasional y esporádica,
todavía no había adquirido - no podía hacerlo entonces
- el carácter masivo y constante que llegó a exhibir después.
La crítica de las prácticas corruptas de los jefes militares
ocupaba un segundo lugar frente a las urgencias por el retorno a la constitucionalidad
y al Estado de Derecho. Las escasas denuncias que se producían
nunca derivaban en acciones penales concretas en contra de los culpables
por los actos de corrupción. El cuestionamiento de la conducta
y el comportamiento público de los militares no siempre encontraba
la amplitud generosa de las primeras planas ni solía estimular
el espíritu crítico de la prensa.
No es casual
que uno de los grandes escándalos de corrupción durante
el periodo de los regímenes militares, el soborno pagado por la
empresa bananera transnacional United Brands a funcionarios del gobierno
castrense de entonces, sólo fuera conocido en Honduras como resultado
de su divulgación en la prensa norteamericana. La noticia publicada
en el diario Wall Street Journal en abril de 1975 desató un vendaval
de reclamos, comentarios y especulaciones en la sociedad hondureña.
El escándalo alcanzó tal magnitud, que el gobierno que presidía
el entonces general Osvaldo López Arellano no tuvo más alternativa
que conformar sobre la marcha una comisión investigadora que debía
llegar al fondo del asunto y sacar a flote las interioridades del caso.
De hecho, fue la primera y más importante comisión investigadora
formada en el tiempo de los regímenes militares para investigar
un caso concreto de corrupción. Aunque sus resultados fueron un
tanto ambiguos y limitados, esa comisión permitió establecer
con claridad la naturaleza del hecho corrupto y señaló al
menos a uno de sus principales responsables. La acción penal fue
limitada, condicionada en gran parte por la impunidad reinante, y el acto
de corrupción más publicitado y aireado de la etapa militar
quedó sin el merecido castigo.
La naturaleza
misma de los regímenes castrenses, con su estructura vertical y
autoritaria, unipersonal e inflexible, no era ni podía ser circunstancia
propicia para la denuncia y el rechazo de la corrupción oficial.
El carácter hegemónico del poderío militar se había
convertido ya en el terreno más adecuado para el florecimiento
de la corrupción oficial. La cultura de la secretividad, cultivada
con esmero casi demencial por los jefes y jefecillos militares, así
como por sus funcionarios y servidores civiles, servía para afianzar
las condiciones de oscuridad y ocultamiento que negaban hasta la mínima
posibilidad de apertura y transparencia. El militarismo, en tanto que
sistema cerrado y excluyente, caudillesco e intolerante, favorecía
el secreto y el misterio, invocando muchas veces dudosas razones de seguridad
estatal. La razón de Estado como razón primera y causa original
de la impunidad castrense.
Por todo
ello, la investigación sobre la corrupción militar no sólo
resultaba difícil y laberíntica, sino que también,
a menudo, devenía en algo peor, en algo tan siniestro como peligroso.
Buscar la información, ubicarla y acceder a ella, se volvían
tareas casi imposibles cuando no aventuras peligrosas. El derecho humano
a recibir y buscar información quedaba totalmente anulado por la
voluntad omnímoda, ansiosa de oscuridad y secreto, del poder militar.
Al negar y ocultar la información, el régimen castrense
bloqueaba la transparencia y aseguraba su propia impunidad. En condiciones
semejantes, la corrupción gozaba de un ambiente óptimo para
la invisibilidad y el silencio; sus posibilidades de afianzamiento y prosperidad
estaban tan aseguradas como favorables eran sus perspectivas de desarrollo
y ampliación.
Pero el carácter
individual que a menudo revestía el acto de corrupción,
se convertía, sin quererlo, en un freno que limitaba su sistematización
estructural. El jefe corrupto creaba su propio espacio, cerrado e impenetrable,
de corrupción personal. Generaba, por así decirlo, dinámicas
sectoriales de corrupción artesanal y privada. Y, de esa forma,
el aparato del Estado, poco a poco, casi sin que la sociedad se diera
cuenta, se iba convirtiendo en un archipiélago de islotes de corrupción,
un conjunto heterogéneo y difuso de esferas de influencia y prácticas
corruptas tan intocables como personalizadas.
La irrupción
del narcotráfico en la década de los años setenta,
en tanto que fenómeno social que genera, estimula y difunde prácticas
corruptas de nuevo tipo, sirvió, entre otras cosas, para impulsar
un mayor desarrollo de la corrupción castrense, contribuyendo a
la formación de fortunas fabulosas y vinculando a sus protagonistas
con el estilo y las prácticas del crimen organizado a nivel internacional.
Fue, por así decirlo, un nuevo, peligroso y nefasto desarrollo
cualitativo en la naturaleza de la corrupción inherente a los regímenes
militares de entonces.
El narcotráfico
iba, poco a poco, creando condiciones para un nuevo modelo de corrupción,
más organizada y profesional, más amplia y peligrosa. Generó
redes corruptas al interior de las instituciones gubernamentales, en especial
las que estaban directamente vinculadas con la represión del delito
y la seguridad del Estado. Fue cooptando gradualmente peones importantes
en el andamiaje oficial, penetrando la organización del Estado
y minando las estructuras de las fuerzas militares. El narcotráfico
se fue convirtiendo en un factor disolvente y desintegrador en el tejido
social del país.
A finales
de los años setenta, como resultado de una combinación entre
factores internos y fuerzas de presión externas, en el país
surgieron las condiciones para el retorno a un régimen político
constitucional y civil. Los militares se preparaban para abandonar, al
principio sólo parcialmente, el escenario nacional, cediendo espacios
a los políticos tradicionales, ávidos por retornar al poder
y recuperar el viejo protagonismo oficial. Era el momento en que habría
de comenzar el proceso de transición política hacia la democracia
formal y representativa.
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